The Amazon fires are Bolsonaro’s political crimes and call for urgent action

By: Political Ecology from the South/Abya Yala Working Group of the Latin American Social Science Council (CLACSO)

(scroll down for translations into Español, Portuges, Français, e Italiano; you can add your signature here)

The recent images of fires in the Amazon, in Pantanal, Cerrado and Chaco as well as the smoke clouds hovering over São Paulo, are not mere coincidences of climate. They are the result of advances in neo-extractivism and deforestation, intensified by the criminal policies of Jair Bolsonaro’s government. This government is manipulating legal frameworks to promote vicious policies against the most basic human rights as well as against Nature Rights. The colossal rings of fire engulfing the Amazon are one of the most abhorrent chapters of his political crimes and deserve the most urgent and active repudiation by the entire international community.

From his electoral campaign (that took place between August and October), Bolsonaro has supported militias, cattle ranchers, farmers, loggers, illegal miners and all those who are interested in plundering natural resources. His support bolsters environmental crimes, violence against indigenous, peasant and environmental leaders as well as impunity for those crimes.

The first measures taken when he assumed office were aimed at removing environmental regulations and Indigenous people’s rights (MP 870/2019). In his explicitly racist Facebook live-streaming sessions, he promised to legalise mining and soybean cultivations inside indigenous territory, emboldening interest groups involved in criminal activities. In Bolsonaro’s government, his ministers systematically persecute public officials who oversee the rainforest, at the same time as they cut public funds for programs that follow environmental laws; for example, the budget cuts to the federal police and the environmental protection agency (Ibama).

The images of the Brazilian Amazon fires that worry (or should worry) the entire world, are the result of these policies. The National Institute for Space Research (INPE) – that Bolsonaro has attacked with censorship, accusations of fake news and political interventions – has documented over 72,800 fires this year. This represents an 83% increase in relation to last year after a 278% increase in deforestation in the month of July and a 30% reduction of the fines imposed by the environmental protection agency. What stokes these fires are the criminal actions that go hand in hand with extractivist greed, be it from agribusiness, large-scale mining, forest plundering or speculative land accumulation, among others. As  forest fires advance, so too do river and biodiversity destruction; water, air and soil pollution; murder, torture and persecution of indigenous and traditional communities (ribeirinhos, peasant and quilombolas) and the mass killing of animals. With each of these fires, the threat of extermination to those peoples, cultures and species is also stoked.

 

The fires that we condemn here are not only happening in Brazil, there are also fires in Bolivia and Paraguay that share the same motivations and actors. The apathy and political responsibility for these crimes belongs to the governments of those countries too and to all the governments that, independently of their ideological orientation, have encouraged the current extractivist greed.

 

In truth, the systematic destruction of the Amazon did not begin with Bolsonaro, nor is it restricted to his government. However, since his arrival to power a perverse acceleration, intensification and impunity towards these trends can be seen. This senseless advance of neo-extractivism, savage deforestation and uncontrolled burning in the context of a drought illustrate the key dynamic of capitalism and its tendency to ecocide. The destruction and devastating effects of these policies not only extend to all of the Amazon basin, but also other important eco-regions in South America, such as the Pantanal, the Cerrado and the Chaco. The intensification of a pattern of accumulation based upon the systematic plundering of the natural goods of these territories, put us all in a situation of extreme danger, not only for the Amazon and its historical peoples, nor even for South America, but for the entire human population that live in and off our planet Earth.

The burning of the Amazon is another chapter, perhaps one of the gravest, of the process of devastation that the ‘modern economy’ is carrying out in front of our eyes. In the name of ‘development’ and ‘civilization’ we are witnessing one of the most extreme acts of human barbarism. We believe and say that – for ourselves, not for ‘the environment’ – we cannot remain passive in front of this macabre spectacle of mass destruction and death. From a critical academia committed to society and nature we make an urgent call for an active repudiation of this government and its criminal policies over the Amazon. We call for solidarity to multiply and coordinate actions to defend the Amazon and its peoples, guardians of the forest and the waters, to stop and condemn the crimes against nature and humanity that the government of Bolsonaro continues to perpetrate.

Los incendios en Amazonía son crímenes políticos de Bolsonaro y la acción es urgente

(Traducción Español)

Las recientes imágenes que circulan por el mundo sobre los incendios en la Amazonía, y también en el Pantanal, el Cerrado y el Chaco, así como las nubes de humo sobre la ciudad de São Paulo, no son casualidades climáticas, sino resultado del avance del neoextractivismo y la deforestación voraz intensificada por las políticas criminales del gobierno de Bolsonaro. Este gobierno está malversando la legalidad estatal para impulsar desde allí una política delincuencial contra los Derechos Humanos y los Derechos de la Naturaleza más básicos. La gigantesca frontera de fuego que está arrasando la Amazonía constituye uno de los capítulos más aberrantes de sus crímenes políticos y merece el más urgente y activo repudio de toda la comunidad internacional.

Desde la campaña electoral del año pasado (agosto a octubre), Bolsonaro  apoya milicias, terratenientes, madereros, mineros ilegales y todos aquellos que tienen interés en el saqueo de los recursos naturales; con su apoyo, propicia los crímenes ambientales, la violencia contra líderes y lideresas campesina/os, indígenas y ambientalistas, y también la impunidad de esos crímenes.

Las primeras medidas de gobierno desde que asumió el poder se dirigieron a suprimir las reglamentaciones ambientales y los derechos de los pueblos indígenas (MP 870/2019). Asociado a un discurso explícitamente racista, desde sus lives en Facebook, incentivó a grupos de interés asociados con prácticas delictivas con promesas de legalizar la minería y las plantaciones de monocultivo de soya dentro de los territorios indígenas. En el gobierno de Bolsonaro sus ministros sistemáticamente persiguen a los funcionarios y agentes de fiscalización, al mismo tiempo que cortan los fondos para las operaciones que cumplen la ley, por ejemplo recortando presupuesto a la policía federal y al órgano de protección ambiental (Ibama).

Las imágenes de los incendios en la Amazonía brasileña que hoy estremecen (o deberían estremecer) a todo el mundo, son el resultado de esas políticas. El Instituto Nacional de Pesquisa Espacial (INPE, que Bolsonaro ha atacado con acusaciones de fakenews, censura e intervenciones políticas) registra más de 72,8 mil incendios en lo que va del año; lo que significa un aumento de 83 % respecto a los incendios del año pasado, después de un aumento de 278% en la deforestación en el mes de Julio, y una disminución de 30% de las multas por la agencia de fiscalización ambiental (Ibama). Lo que aviva esos incendios, son acciones criminales que van de la mano de la voracidad extractivista, sea del agronegocio, de la minería a gran escala, el expolio forestal, o el acaparamiento especulativo de las tierras, entre otros. Y detrás de cada incendio, avanzan también la destrucción de los ríos y de la biodiversidad, la contaminación de las aguas, el aire y los suelos; los asesinatos, las torturas y persecuciones a poblaciones indígenas y comunidades tradicionales (ribereños, campesinos, quilombolas), y la mortandad masiva de animales. Detrás de cada incendio, se aviva también la amenaza de exterminio de esos pueblos/culturas, así como también de otras especies.

Los incendios que acá denunciamos y repudiamos no están sólo aconteciendo en Brasil; también hay focos originados en Bolivia y Paraguay, por los mismos móviles y los mismos actores, por lo que la desidia y la responsabilidad política de estos crímenes compete también a los gobiernos de dichos países, y en general, a todos los gobiernos que, independientemente de sus orientaciones ideológicas, han venido propiciando la voracidad extractivista en curso.

Por cierto, el plan sistemático de destrucción de la Amazonía no empezó con Bolsonaro ni se restringe a su gobierno, pero desde su llegada al poder, se ha verificado un giro perverso de aceleración, intensificación e impunidad. Esta avanzada desquiciada del neoextractivismo, la deforestación salvaje y las quemas incontroladas en un contexto de seca, muestran la clave del capitalismo actual y su tendencia al ecocidio. La destrucción y las afectaciones provocadas por estas políticas alcanzan no sólo a toda la cuenca Amazónica, sino también a importantes eco-regiones de Sudamérica, como las de Pantanal, el Cerrado y el Chaco. La intensificación de un patrón de acumulación basado en la depredación sistemática de los bienes naturales de estos territorios, nos colocan en una situación de gravedad extrema, no sólo para la Amazonía y sus poblaciones históricas, ni para Sudamérica, sino para el conjunto de las poblaciones humanas que viven en y de nuestro Planeta Tierra.

La quema de la Amazonía es un capítulo más, pero no el menor, sino uno de los más graves, del proceso de devastación que la “economía moderna” está llevando a cabo frente a nuestros ojos. En nombre del “desarrollo” y la “civilización” estamos asistiendo a uno de los actos más extremos de la barbarie humana. Sentimos y decimos -por nosotros mismos, no por “el ambiente”- que no podemos permanecer impasibles ante este macabro espectáculo de muerte a gran escala. Desde la academia crítica y comprometida con la sociedad y la naturaleza, hacemos un llamado a un urgente repudio activo contra este gobierno y contra sus políticas criminales sobre la Amazonía. Hacemos un llamado de solidaridad para multiplicar y coordinar las acciones de defensa de la Amazonía y de sus pueblos, guardianes de la selva y de las aguas, a fin de detener y condenar los crímenes de lesa Naturaleza y de lesa Humanidad que está perpetrando el actual gobierno de Bolsonaro.

Os incêndios na Amazônia são crimes políticos de Bolsonaro e a ação é urgente

 (Traducción Portugués)

As recentes imagens que circulam pelo mundo sobre os incêndios na Amazônia, e também no Pantanal, no Cerrado e no Chaco, assim como as nuvens de fumaça sobre a cidade de São Paulo, não são acasos climáticos, mas resultado do avanço do neoextrativismo e da desflorestação voraz intensificadas pelas políticas criminosas do governo Bolsonaro. Este governo está subvertendo o sistema jurídico-institucional para impulsionar uma política delinquente contra os mais fundamentais Direitos Humanos e os Direitos da Natureza. A gigantesca fronteira de fogo que está arrasando a Amazônia constitui um dos capítulos mais aberrantes de seus crimes políticos e merece o mais urgente e ativo repúdio de toda a comunidade política.

Desde a campanha eleitoral do ano passado (agosto a outubro), Bolsonaro tem apoiado milícias, latifundiários, madeireiros, garimpeiros ilegais e todos aqueles que possuem interesse no saque dos recursos naturais; com seu apoio, incentiva a prática de crimes ambientais, a violência contra líderes camponesas/es, indígenas e ambientalistas, bem como a impunidade em favor desses crimes.

As primeiras medidas desde que assumiu o poder se dirigiram a atacar diretamente e suprimir a regulação ambiental e os direitos dos povos indígenas (MP 870/2019). Associado a um discurso explicitamente racista, desde as suas lives no Facebook, incentiva criminosos com promessa de legalizar o garimpo e a mineração, o arrendamento, das plantações de soja dentro dos territórios indígenas. No governo Bolsonaro, seus ministros sistematicamente perseguem aos funcionários e agentes de fiscalização ao mesmo tempo em que cortam os recursos para as operações de comando e controle da lei, por exemplo, cortando os recursos e autonomia do Ibama bem como o apoio da polícia federal para operações ambientais.

As imagens dos fogos na Amazônia brasileira que hoje chocam (ou deveriam chocar) a todo o mundo, são o resultado dessas políticas. O Instituto Nacional de Pesquisa Espacial (INPE, que Bolsonaro tem atacado com acusações baseadas em fakenews, censura e intervenções políticas), registrou mais de 72,8 mil focos de incêndio neste ano; o que significa um aumento de m83% em relação ao ano passado, após um aumento de 278% do desmatamento no mês de julho, enquanto diminuiu em 30% as multas do Ibama. O que acende esses fogos são ações criminosas que andam de mãos dadas com a voracidade extrativista, seja do agronegócio, da mineração em grande escala ou dos pequenos garimpos, da espoliação florestal, a grilagem e a especulação da terra. Por trás de cada incêndio, avançam também a destruição dos rios e da biodiversidade, a contaminação das águas, do ar e dos solos; os assassinatos, as torturas e perseguições a populações indígenas e comunidades tradicionais (ribeirinhos, camponeses, quilombolas, fundos e fechos de pasto), e a mortandade massiva de animais. Atrás de cada incêndio, se acende também a ameaça de extermínio de estes povos/culturas, assim como também de outras espécies.

Os incêndios que aqui denunciamos e repudiamos não estão apenas acontecendo no Brasil; também há focos originados na Bolívia e no Paraguai, pelos mesmos motivos e atores, pelo que a responsabilidade política de estes crimes compete também aos governos destes países, e em geral, a todos os governos que, independentemente de suas orientações ideológicas, têm propiciado a voracidade extrativista em curso.

Certamente o plano sistemático de destruição da Amazônia não começo com Bolsonaro e nem se restringe ao seu governo, mas desde a sua chegada ao poder, verifica-se um giro perverso de aceleração, intensificação e impunidade. Este avanço demente do neoextrativismo, a desflorestação selvagem e as queimadas descontroladas em um contexto de seca, mostram a chave do capitalismo atual e sua tendência ao ecocídio. A destruição e o alcance provocado por estas políticas alcançam não apenas a Bacia Amazônica, mas também importantes eco-regiões da América do Sul, como o Pantanal, o Cerrado e o Chaco. A intensificação de um padrão de acumulação baseado na depredação sistemática dos bens naturais desses territórios, nos coloca em uma situação de extrema gravidade, não apenas na Amazônia e suas populações históricas, não apenas na América do Sul, mas ao conjunto das populações humanas que vivem no nosso Planeta Terra.

A queima da Amazônia é um capítulo a mais, mas não menor, se não um dos mais graves, do processo de devastação que a “economia moderna” está levando a cabo em frente de nossos olhos. Em nome do “desenvolvimento” e da “civilização” estamos assistindo a um ato dos mais extremos da barbárie humana. Sentimos e dizemos — por nós mesmos, não pelo “ambiente” — que não podemos permanecer impassíveis ante este macabro espetáculo da morte em grande escala. Da academia crítica e comprometida com a sociedade e a natureza, fazemos um chamado urgente de repúdio coletivo contra este governo e contra suas políticas criminosas na Amazônia. Fazemos um chamado de solidariedade para multiplicar e coordenar ações de defesa da Amazônia e de seus povos, guardiões da floresta e das águas, de forma a deter e condenar os crimes de lesa Natureza e de lesa Humanidade que está sendo perpetrado pelo atual governo Bolsonaro.

Les incendies d’Amazon sont les crimes politiques de Bolsonaro et il est urgent d’agir

(Traducción al francés)

Les récentes images qui circulent dans le monde entier sur les incendies en Amazonie, mais également dans le Pantanal, le Cerrado et le Chaco, ainsi que les nuages de fumée qui surplombent la ville de São Paulo, ne sont pas des coïncidences climatiques, mais au contraire le résultat de l’avancée du néo-extractivisme et de la déforestation vorace, intensifiée par la politique criminelle du gouvernement de Bolsonaro. Ce gouvernement détourne la légalité de l’État afin de promouvoir une politique criminelle contre les plus fondamentaux Droits Humains et Droits de la Nature. La gigantesque frontière du feu qui dévaste l’Amazonie constitue l’un des chapitres les plus aberrants de ses crimes politiques et mérite la plus urgente et active répudiation de toute la communauté politique.

Depuis la campagne électorale de l’année dernière (d’août à octobre), Bolsonaro soutient des milices, des propriétaires fonciers, des bûcherons, des activités minières illégales et tous ceux qui ont un intérêt dans le pillage des ressources naturelles ; avec son soutien, il encourage des crimes environnementaux, la violence contre des paysans, indigènes et écologistes, mais aussi  l’impunité pour ces crimes.

Les premières mesures prises depuis son entrée en fonction visaient à  atténuer ou directement à supprimer les réglementations environnementales et les droits des peuples autochtones (MP 870/2019). Associé à un discours explicitement raciste, issu de ses déclarations et lives sur Facebook, il a encouragé des criminels en promettant de légaliser des exploitations minières et des plantations de soja sur les territoires autochtones. Au sein du gouvernement Bolsonaro, les ministres persécutent systématiquement les fonctionnaires et les agents de surveillance tout en réduisant les fonds destinés aux opérations conformes à la loi, par exemple en supprimant le soutien de la police fédérale à l’organisme de protection de l’environnement (Ibama).

Les images des incendies en Amazonie brésilienne qui aujourd’hui secouent (ou devraient secouer) le monde entier sont le résultat de ces politiques. L’Institut national de recherche spatiale (INPE, que Bolsonaro a attaqué avec des fakenews, de la censure et des interventions politiques) enregistre plus de 72 800 incendies depuis le début de cette année; ce qui représente une augmentation de 83% par rapport aux incendies de l’année dernière, après une augmentation de 278% de la déforestation au mois de juillet, tandis qu’une réduction de 30% des amendes imposées par l’agence de contrôle de l’environnement (Ibama). Ce qui attise ces incendies, ce sont les actions criminelles qui vont de pair avec la voracité extractiviste, qu’il s’agisse de l’agrobusiness, de l’exploitation minière à grande échelle, de la spoliation des ressources forestières  ou de l’accaparement de terres à des fins spéculatives. Et derrière chaque incendie, progressent également la destruction des rivières et de la biodiversité, la pollution de l’eau, de l’air et des sols; les meurtres, les tortures et les persécutions des populations autochtones et des communautés traditionnelles (riverains, paysans, quilombolas) et la mortalité massive d’animaux. Derrière chaque incendie, s’exacerbe aussi la menace d’extermination de ces peuples / cultures, ainsi que d’autres espèces.

Les incendies que nous dénonçons et répudions ici ne se produisent pas uniquement au Brésil; il existe également des foyers générés en Bolivie et au Paraguay, pour les mêmes motifs et par les mêmes acteurs, de sorte que la négligence et la responsabilité politique de ces crimes concernent  également les gouvernements de ces pays et, en général, à tous les gouvernements qui, indépendamment de leurs orientations idéologiques, ont promu cette voracité extractiviste en cours.

Bien  que le plan de destruction systématique de l’Amazonie n’ait pas commencé avec Bolsonaro, ni se limite à son gouvernement, depuis son arrivée au pouvoir on assiste à  un virage pervers d’accélération, d’intensification et d’impunité. Cette folle avancée du néo-extractivisme, la déforestation sauvage et les incendies incontrôlés dans un contexte de sécheresse montrent la clé du capitalisme actuel et sa tendance à l’écocide. La destruction et les dommages de ces politiques touchent non seulement l’ensemble du bassin amazonien, mais également d’importantes régions écologiques d’Amérique du Sud, telles que le Pantanal, le Cerrado et le Chaco. L’intensification d’un schéma d’accumulation fondé sur la déprédation systématique des biens naturels de ces territoires nous place dans une situation d’extrême gravité, non seulement pour l’Amazonie et ses populations historiques, ni seulement pour l’Amérique du Sud, mais pour toutes les populations humaines que vivent sur et dépendent de notre planète Terre.

L’incendie de l’Amazonie est un autre chapitre, et pas des moindres; c’est l’un des plus graves chapitres du processus de dévastation que “l’économie moderne” est en train de mener sous nos yeux. Au nom du “développement” et de la “civilisation”, nous assistons à l’un des actes les plus extrêmes de la barbarie humaine. Nous sentons et disons – pour nous mêmes, et non pas pour “l’environnement” – que nous ne pouvons pas rester passifs face à ce spectacle macabre de mort à grande échelle. Ainsi, depuis notre humble position, nous appelons à une urgente répudiation active contre ce gouvernement et contre sa politique criminelle en Amazonie. Nous faisons appel à la solidarité afin de multiplier et coordonner les actions de défense de l’Amazonie et de ses peuples, gardiens de la jungle et des eaux, et afin de faire cesser et de condamner les crimes contre la Nature et contre l’Humanité perpétrés par l’actuel gouvernement Bolsonaro.

Gli incendi in Amazzonia sono crimini politici di Bolsonaro: si deve agire con urgenza

(Traducción al italiano)

Le recenti immagini che stanno circolando per il mondo sugli incendi in Amazzonia, nel Pantanal, nel Cerrado e nel Chaco, così come le nuvole di fumo sulla città di Sao Paolo, non sono coincidenze climatiche, ma il risultato dell’avanzata del neoestrattivismo e della deforestazione vorace intensificata dalle politiche criminali del governo Bolsonaro. Questo governo, si nasconde dietro un’apparenza di legalità per spingere una politica delinquenziale contro i più basici diritti umani e contro i diritti della natura. Il gigantesco confine di fuoco che sta distruggendo l’Amazzonia costituisce uno dei capitoli più aberranti dei suoi crimini politici e merita il più urgente e attivo ripudio di tutta la comunità politica.

Durante tutta campagna elettorale dello scorso anno (da agosto ad ottobre), Bolsonaro ha supportato le milizie, i grandi proprietari terrieri, i ladri di legname, i minatori illegali e tutti quelli che hanno un interesse nel saccheggio delle risorse naturali; col suo appoggio, i crimini ambientali, la violenza contro i capi e le cape dei movimenti contadini, gli indigeni e gli ambientalisti sono rampanti e rimangono impuniti.

Le prime azioni da quando ha preso il potere, sono state dirette ad allentare o direttamente a sopprimere, le regolamentazioni ambientali e i diritti dei popoli indigeni (MP 870/2019). In aggiunta ad una narrativa esplicitamente razzista, dai suoi lives su Facebook, ha incentivato i delinquenti con promesse di legalizzare il settore minerario e le piantagioni di soia all’interno dei territori indigeni. I ministri del governo Bolsonaro sistematicamente perseguono funzionari e ispettori e contemporaneamente eliminano i fondi per le operazioni atte all’applicazione della legge, per esempio togliendo l’appoggio alla Polizia Federale per la Protezione Ambientale (Ibama).

Le immagini degli incendi nell’Amazzonia brasiliana che oggi indignano (o dovrebbero indignare) tutto il mondo, sono i risultati di queste politiche. L’Istituto Nazionale di Investigazione Spaziale (INPE, che Bolsonaro ha attacato con accuse di fake news, censura e intervento politico) ha registrato più di 73 mila incendi in questo periodo dell’anno; un aumento dell’83% rispetto allo scorso anno, dopo un aumento del 278% della deforestazione nel mese di luglio, mentre una riduzione del 30% delle multe da parte dell’agenzia di ispezione ambientale (Ibama) Questi fuochi sono alimentati da azioni criminali che vanno di pari passo con la voracità estrattivista, con l’agribusiness, col settore minerario di larga scala, con la deforestazione, con l’accaparramento speculativo della terra. Con ogni incendio, avanzano anche la distruzione dei fiumi e della biodiversità, la contaminazione delle acque, dell’aria e del suolo; gli assassinii, le torture e le persecuzioni dei popoli indigeni e delle comunità tradizionali (ribeirinhos, campesini, quilombolas), e le morie di massa della fauna locale. Con ogni incendio, si rinnova anche la minaccia di sterminio di questi popoli/culture, così come anche di altre specie.

Gli incendi che qui denunciamo e ripudiamo non divampano solo in Brasile; ci sono anche fuochi originati in Bolivia e Paraguay dagli stessi motori e dagli stessi attori: l’insicurezza e la responsabilità politica di questi crimini sono da attribuire anche ai governi di questi paesi, e, in generale, a tutti i governi che, indipendentemente dagli orientamenti ideologici, hanno sostenuto la voracità estrattivista in corso.

Infatti, il piano sistematico di distruzione dell’Amazonia non è iniziato con Bolsonaro né è ristretto al suo governo. Tuttavia, dal suo arrivo al potere, si è stato verificato un giro perverso di accelerazione, intensificazione e impunità. Questa sconvolgente avanzata del neoestrattivismo, la deforestazione selvaggia, e gli incendi incontrollati in un contesto di aridità, seguono la chiave del capitalismo attuale e la sua tendenza all’ecocidio. La distruzione e gli effetti provocati da queste politiche raggiungono non solo il bacino Amazzonico, ma anche importanti regioni sudamericane quali il Pantanal, il Cerrado e il Chaco. L’intensificazione di un modello di accumulazione basato nella depredazione sistematica dei beni naturali di questi territori, ci catapultano in una situazione di estrema gravità, non solo in Amazonia e per le sue popolazioni indigene, non solo in Sudamerica, bensì tutto l’insieme delle popolazioni umane che vivono sul nostro Pianeta Terra e da esso trovano sostentamento.

L’incendio dell’Amazonia è un ulteriore capitolo, e uno dei più gravi, del processo di devastazione che l’“economia moderna” esegue davanti i nostri occhi. Nel nome dello “sviluppo” e della “civilizazzione” stiamo osservando uno degli atti più estremi della barbarie umana. Sentiamo e diciamo – per noi stessi, non per “l’ambiente” – che non possiamo rimanere immobili di fronte a questo macabro spettacolo di morte su larga scala. Dal mondo accademico critico e impegnato nel sociale e nell’ambientalismo, lanciamo un appello urgente di ripudio attivo contro questo governo e contro le sue politiche criminali sull’Amazzonia. Lanciamo un appello di solidarietà per moltiplicare e coordinare le azioni in difesa dell’Amazonia e dei suoi popoli, guardiani della foresta e delle acque, al fine di fermare e condannare i crimini di lesa Natura e di lesa Umanità perpetrati dal governo Bolsonaro.

……

Signed by /Firman: Professors and researchers from more than 50 universities in Latin America and Europe / Académicos e investigadores de más de 50 universidades de América Latina y Europa

Brasil: Felipe Milanez, Carlos Porto-Gonçalves, Camila Moreno, Stephanie Salgado, Luiz Marques, Ricardo Folhes, Caetano De’ Carli, Daniel Jeziorny, Elaine Santos, Cláudia Guedes, Marcos Leite De Matos Todt, Salvador Schavelzon, Laila Thomaz Sandroni, Gilca, Garcia de Oliveira, Roberto Araújo de Oliveira Santos Júnior,  Laila Sandroni, Eduardo Neves, Vanessa Empinotti, Ricardo Theophilo Folhes, Edna Castro, Thiago Cardozo, Gilca Garcia de Oliveira, Íñigo Arrazola Aranzabal, Adriana Bravin. Argentina: Horacio Machado Aráoz, Maristella Svampa, Paula Damico, Ana Carballo, María Gabriela Merlinsky, Nazaret Castro, Ariel M. Slipak, Marian Sola Alvarez, Jonatán Andrés Núñez, Laura Álvarez, Gabriela Wyczykier, Lucrecia Wagner, Facundo Rojas, Pablo Bertinat, Leticia Sadi, Sofia Astelarra, Cecilia Anigstein, Pablo Jorge Bertinat, Juan Antonio Acacio, Melisa Argento, Julieta Godfrid, Martín Kazimierski, Gustavo Romeo, Martina Gamba, Bruno Fornillo. Chile: Beatriz Bustos, Francisca Fernández, María Fragkou, Evelyn Arriagada, Santiago Urrutia Reveco. Colombia: Denisse Roca Servat, Catalina Toro Pérez, Tatiana Roa Avendaño, Patricia Noguera, Laura Gutiérrez, Yusmidia Solano Suárez, John Fitzgerald Martinez, Mario Alejandro Pérez Rincón, Paola Marcela Trivino Cruz, Juan Camilo Cajigas, Johan Ardila Espinel, Ximena Osorio Osorio, Mauro Carvajal Guerrero, Camilo Salcedo Montero, María Luisa Eschenhagen, Ana Isabel Márquez Pérez, Yusmidia Solano. Costa Rica: Grettel Navas. Cuba: Maydi Bayona, Gilberto Javier Cabrera Trimiño, Yolanda Wood. Ecuador: Melissa Moreano, Elizabeth Bravo. Honduras: Sofia Marcia, Carlos Alberto Alvarado Hernandez, Orlando David Murillo Lizardo. México: Enrique Leff, , Víctor Toledo Manzur, Mina Lorena Navarro, Omar Felipe Giraldo, Aída Luz López, Flor Mercedes Rodríguez Zornoza, Mariana Elkisch, Raquel Gutiérrez Aguilar, Ezer May May, Sergio Prieto Díaz, Lucia Linsalata, Úrsula Hernández, Sandra Rátiva Gaona, Ramón Martínez Coria, Scott Robinson, Elisa Cruz Rueda, Romel González. Nicaragua: Mario Sánchez. Perú: Gisselle Vila Benites, Raquel Neyra, Luis Felipe Torres Espinoza. Puerto Rico: Gustavo García. Venezuela: Edgardo Lander, Emiliano Terán Mantovani. Bélgica: Robin Larsimont. España: Joan Martínez Alier. Francia: Mina Kleiche. Italia: Salvatore Engel-Di Mauro.

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